
Por Raul Ludueña
Confundieron
la política con una suma matemática. Abandonaron la prédica de las convicciones
y en un intento desesperado por asaltar el poder se aferraron a doctrinas
económicas que muestran el agotamiento de los viejos paradigmas que le dieron
vida. Doctrinas que causan estragos entre los pueblos del mundo, mientras
millones de dólares de la usura engordan las arcas de las minorías
político-financieras, que no dudan en dejar a otros tantos millones de personas
con nada. En la nada, en las calles con las cacerolas. Es una mancha venenosa
con características de pandemia que se va expandiendo por toda Europa.
Pretenden desarticular nuestras luchas con operaciones de prensa que nos
neutralicen. Son mínimas expresiones políticas que reciben las migajas del
poder. Es fundamental para tamaña empresa la construcción de una propaganda
mediática que implante en el pensamiento colectivo el error de elegir un
gobierno autoritario, fascista, inepto, débil y cuanto adjetivo descalificante
se les ocurra a los creativos contratados a tal fin, para referirse a los
gobiernos de las mayorías. En estas elecciones nos quisieron convencer que para
salvar la patria era imprescindible que se entienda que un rejunte de políticos
sin ideas debía asumir una actitud patriótica, sumarse a una alianza
democrática y lograr el poder. Por supuesto, el pueblo debería votarlos, de no
ser así intentarán otras opciones. Ellos no descansan, nosotros tampoco. Las
fuerzas retrógradas accionan socialmente a través de los medios de comunicación
asociados en las ganancias, operan sobre la realidad en un intento por
justificar estrategias desetabilizantes, amplificando discursos cargados de
palabras como autoritarismo, chavismo, populismo, corrupción, crispación, maltrato,
escándalo. Es la manera de generar el clima propicio para narcotizar a la
sociedad paralizando el camino del pueblo hacia un destino más inclusivo, más
igualitario, más justo. Son las mismas minorías que siempre funcionaron como
soporte ideológico de las dictaduras militares y hoy lo hacen al servicio del
capital especulativo. Se agitan fantasmas de caos económico, corridas
bancarias, desmadre del dólar y demás plagas del mercado de capitales. Para
seguir bailando la tarantela en una milonga triste de barrio marginal necesitan
que los cultores del fracaso utilicen la palabra mágica: consenso, que no es
otra cosa que disimular el regreso al mundo de los ’90, disfrazado de acuerdo
entre partes con intereses contrapuestos y contrapuestos a las mayorías. Consenso
para bajar las retenciones y dejar a la masa de carenciados sin ayuda social.
Consenso para liberar a los genocidas y evitar que se haga justicia. Consenso
para anular la Ley de Medios y silenciar los reclamos populares. Consenso para
frenar la obra pública y el consumo. Consenso para entregar nuevamente el
ahorro de nuestros trabajadores a las AFJP. Consenso para no controlar el dólar
y permitir la transferencia de divisas hacia los paraísos fiscales. Consenso
para bajar el presupuesto educativo. Consenso sin debate, que sólo busca la
aceptación de las directivas de los grandes capitales internacionales, para
recuperar el terreno perdido en nuestra patria. Nosotros, los militantes del
campo Nacional y Popular, preferimos el disenso generador de debates en cuanto
al modelo de país que queremos. No queremos el consenso de la democracia rubia,
formal, pulcra, republicana. La de los falsos consensos. Preferimos disentir,
la discusión, la confrontación de ideas o el consenso en una democracia
verdadera. La del pueblo descamisado, la de los gronchos, la de los perucas, la
de los cabecitas negras, la de los grasitas. La del pueblo trabajador. En
propuestas populares que nos incluya a todos sobrarán los consensos. En mejoras
para nuestros jubilados tendremos consenso. En mejor educación tendremos
consenso. En más vivienda y mejor calidad de vida de quienes menos tienen habrá
consenso, en mejor salud pública habrá consenso. Mientras estos objetivos estén
fuera de discusión en las sectas minoritarias y el capital concentrado, no
consensuaremos. La sangre derramada jamás será negociada.
15/11/11 Tiempo Argentino
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