
Por Raúl Degrossi
Leemos en Clarín la preocupación del diario de Magnetto y
algunos historiadores por
la creación de un instituto de revisionismo histórico por este decreto de Cristina.
Más
allá de si es un acierto o no poner al frente del organismo a Pacho O´Donnell,
siendo que lo forman otros historiades de la talla de Hugo Chumbita, es
interesante (y reveladora) la reacción del diario de Magnetto, y de algunos
historiadores "de la academia", como Hilda Sábato, que opina en la
nota.
Como
tan bien lo señalara Arturo Jauretche, en la Argentina se hizo una verdadera
"política de la historia": la falsificación de la historia no fue una
simple disputa académica (que por lo demás nunca fue tal, en tanto la historia
novelada del mitrismo fue científicamente superada hace más de un siglo), sino
una pedagogía política puesta al servicio de un "relato" (palabra que
ahora molesta a Clarín), el de los vencedores de Caseros.
Cuando
Cristina dice en Obligado que al país le fue como le fue porque en Caseros
ganaron los que ganaron, y lo compara con lo que pasó en EEUU con la guerra de
Secesión, no sólo revela que es una lectora fiel de Jauretche: da en la tecla
de una de las claves fundamentales de nuestro desarrollo histórico.
Nada
indicaba que las cosas tuvieran que ser -forzosamente- como fueron, pero en
cierto modo el desarrollo de la Argentina posterior al 3 de febrero de 1852
tuvo que ver con una matriz mental -plasmada en la Constitución de 1853-, y con
un complejo de inferioridad mental inducido, donde todo rasgo identitario de
afirmación nacional -como el combate de Obligado- fue escrupulosamente borrado
de la historia argentina: las "Bases" de Alberdi lo dijeron con
claridad, no era tiempo de héroes de la espada, sino del comercio.
En
trazos gruesos, allá triunfó la visión industrialista, proteccionista, de un
país desarrollado a partir de un mercado interno, que derrotó a la economía de
plantación y monocultivo, sustentada en la mano de obra esclava, y que producía
algodón para los telares ingleses. Acá -aunque Rosas mismo fuera ganadero,
representada quizás a la fracción más auténticamente emprendedora de su clase-
sucedió todo lo contrario.
El despotismo
turco (la expresión es del mismo Alberdi) ejercido por Mitre en la edificación
del relato de la Argentina oficial (concebida como la única
posible) presidió algo más que la versión de la historia del país que la
clase dirigente propagaba: generó el trasfondo cultural desde el cual el
país era interpretado, y que a su vez permitía mantener en estado vegetativo
las energías que podían otorgarle un destino distinto que el de la feliz granja
colonial del imperio.
El
revisionismo histórico abrió grietas en ese muro (construído por décadas por
Mitre, Groussac y sus herederos, a izquierda y derecha) en el plano de la
investigación historiográfica, pero no logró cuajar sus ideas en un proyecto
político hasta el advenimiento del peronismo: en el radicalismo de Yrigoyen el
recuerdo de la "verdadera historia" era más bien una percepción
personal del Peludo, que un credo ideológico del partido; que en buena medida
tributaba al programa de la Constitución de 1853, cuyo cumplimiento escrupuloso
exigía a los arquitectos del fraude electoral.
Andando
el tiempo hasta hoy, estos tiempos de recuperación del debate político que vive
la Argentina (aun con la tosquedad promedio que se ve en el abordaje de los
temas) reactivan el interés social y político de la disputa por el relato; y si
no que lo diga el mismo Clarín, que desde su colosal despliegue de medios fue
construyendo una plataforma de ideas que vendió (con éxito, por cierto) como la
expresión del sentido común del argentino promedio, cuando no eran más que el
camuflaje de la defensa de sus propios y concretos intereses.
De
uno y otro lado de la disputa, se zigzaguea en asignarle o no relevancia
política a esa disputa por el sentido, y se pasa de considerarla un día
trascendental y dirimente, a irrelevante en términos políticos al siguiente.
Pero
lo cierto es que la disputa existe y está planteada; y la discusión por lo que
fuimos como país (nuestra historia), no es sino un capítulo más de la disputa
de lo que queremos ser; y esa tensión explica las reacciones exacerbadas que
generan iniciativas como la creación del instituto del que habla la nota.
No
escaldado aun por el estruendoso fracaso de su intento por incidir en el plano
electoral que reveló el resultado del 23 de octubre, el diario de los dueños de
Papel Prensa (otro ejemplo claro de los beneficios concretos que trae el
ocultamiento y la mistificación de la historia) alza la guardia toda vez que
además, cree amenazado su "relato" del devenir político nacional;
aunque no tenga -como su socio La Nación- la misión de ser el albacea
testamentario de la herencia de Mitre.
Y
en ese tren, nunca le faltarán aliados en apariencia progresistas y bien
intencionados como Hilda Sábato, de esa generación de historiadores que
tributan a Tulio Halperín Donghi y José Luis Romero; los máximos exponentes del
aggiornamiento metodológico y de expresión del viejo mandarinato mitrista.
No
se trata -como con fingida ingenuidad plantea Hilda Sábato- de que determinados
personajes históricos hayan o no sibo abordados por la academia en los últimos
años; si no existe en muchos de esos abordajes la real intención de revisitar
la historia argentina con seriedad científica, pero con el intento de aportar a
la comprensión y la construcción del país real.
De
lo contrario se obvia un detalle central: la historia es la política del
pasado, y las categorías que aplicamos al presente (factores de poder,
intereses en disputa, climas de época) no sólo le caben a ese pasado para
entenderlo cabalmente como objeto de disección científica, sino para
entender en que medida proyecta sus líneas al presente.
Porque
cuando se insiste en revisar la historia (no sólo y ya no tanto desde una pura
perspectiva académica o científica, sino de su proyección política y social),
en rigor lo que se plantea es una disputa por el sentido; y es allí donde a
algunos les molesta sobremanera que ciertas verdades indiscutidas por año, sean
cuando menos puestas en duda: algo parecido a lo que sucede en cierto
periodismo como Lanata, que gozó hasta hoy de un prestigio que se reveló en
buena parte inmerecido.
El
peso de las diferentes tradiciones históricas e
historiográficas (esos "relatos", con las comillas que prefiere
Clarín) en los alineamientos y tomas de posiciones de la discusión política
cotidiana es algo no frecuentemente dimensionado en su justa medida; y
algo que (si se lo profundizase) brindaría claves de comprensión de muchos
hechos políticos que -a primera vista- parecen incomprensibles, o carentes de
toda lógica, como por ejemplo la divisoria de aguas que se dio durante el
conflicto por las retenciones móviles.
Cualquiera
sea la incidencia que se le asigne a la construcción de un relato en las
determinaciones políticas de una sociedad, cierto es que un movimiento político
se consolida en el rol gravitante del sistema (como le pasa al kirchnerismo)
cuando logra en cierto punto imponer el propio.
Alguien
dirá: si la economía no funcionase correctamente y produjese resultados que se
pueden medir, la credibilidad del relato se vendría abajo, si es que alguna vez
estuvo en alto, o determinó los comportamientos políticos de la sociedad; y muy
probablemente estará en lo cierto.
Tanto
como que los procesos políticos requieren de elementos ordenadores, propios del
discurso político, que le dan coherencia y sentido a sus acciones, y crean una
cierta mística social en torno a ellas: es allí donde el kirchnerismo se ha
revelado eficaz, particularmente en determinados sectores (como los jóvenes); y
en algunos casos más allá de sus propias realizaciones concretas en cada plano.
Y
eso es percibido por los "dueños" de la historia (que como decía
Rodolfo Walsh, son los dueños de todas las demás cosas) como un peligro
potencial, con lo que se llega al absurdo que se cuestiona la supuesta (o real)
intención de construir un relato histórico "oficial" (urdido desde el
aparato del Estado), en nombre de un pluralismo que jamás ha existido, menos en
la lectura de la historia política argentina.
Y
tan cierto es que la historia se resignifica en clave política presente, que el
temor es que el 54,11 % de Cristina (construido a partir de hechos palpables de
gestión) termine validando políticamente un relato histórico que cuestiona
muchos de los supuestos culturales centrales de más de un siglo y medio del
devenir de la Argentina, y se convierta a su vez en la plataforma de desarrollo
de fases más progresivas de un proceso de cambio.
Lo
que se dice una disputa un poco más compleja y trascendente que la visión que
alguna escuela historiográfica puede tener de tal o cual personaje de la
historia argentina.
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