Publicado el 9 de Septiembre de 2011
Por
Soy
de la época del colectivero múltiple. El de los diez brazos y otras tantas
manos. El tipo tenía cercano a él un tubo metálico horizontal, con dientes en
sus bordes. Salían del tubo tiras de papel de distintos colores, llamadas
boletos. Cada boleto llevaba números, que correspondían a las distintas
secciones por las que atravesaría el pasajero.
El
pasajero subía con el dinero en su mano, el colectivero lo contaba, y le daba
el vuelto, en dinero papel de su billetera y en monedas que estaban en el
monedero, el que gatillaba para que salieran de los tamborcitos. Y así para
cada uno de los pasajeros de la fila que subía al “bondi”. Mientras tanto
miraba por el espejo levantando su cabeza y se fijaba si habían bajado los
pasajeros que querían descender.
La
puerta delantera se abría y cerraba a mano, con una palanca. Los colectivos no
tenían caja automática y el conductor, al que llamábamos “chofer”, hacía los
cambios de velocidad como cualquier hijo de vecino. Los asientos del
colectivero no tenían resortes ni amortiguadores. No había calefacción ni
vidrios polarizados.
“Corriéndose
para atrás que hay lugar”, gritaba, para cargar más pasajeros y no dejar a
nadie abajo. Cuando la parada era a la izquierda, entonces los pasajeros
bajaban y subían por la puerta del pozo, cercana a él, que era abierta y
cerrada manualmente. Voceaban las paradas, hacían acordar a los pasajeros
cuando se lo pedían y no se olvidaban, anotaban los horarios en los registros y
atendían al inspector (el “chancho”) que les controlaba el corte de boletos y
el respeto del horario.
Ah,
y no se quejaban de tendinitis.
Esto no fue publicado. Se adjuntan
a modo ilustrativo, para los más jóvenes.

MONEDERO

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