
Por Jorge Giles
La muerte nos metió
otro gol de contragolpe.
No es la primera
vez ni será la última, seguramente.
Todo es lamento y
dolor en esta hora en que la mano escribe como puede esta tristeza de mierda
que nos persigue como una sombra errante.
A veces hay que
dejar que el corazón nos salga libre por la boca en el intento por entender qué
pasa.
¿Por qué no estuvo
allí la vida malherida para evitar la entrada de la maldita muerte? ¿Por qué no
le avisaron a tiempo?
Esa sobrevida que
llevamos, como una identidad disimulada y pudorosa, no está para quedarse como
si nada con tanto alboroto con que esta primavera se despide.
Después del
terrorismo de estado, del saqueo de la patria, de ver caer a tu lado tanto hilito
de vida que se escapa por un agujerito así de chico, después de llorar sin
consuelo ni abrazos, después de estar tan solo y finalmente escapar, herido
pero victorioso, de algún sucio calabozo, a puro amor y coraje y con alas
inventadas, después de todo eso, uno cree que, muy modestamente, tiene algo
para decir a la hora de cuidar y honrar la vida.
Pero no.
En un suspiro lo
perdimos a Iván Heyn, el muchachón que diez años atrás zafó de las balas
represivas en la Plaza. No hay derecho.
El día que Paco Urondo,
asesinado a culatazos por los genocidas, escribió aquel verso que decía: “sin
jactancias puedo decir que la vida es lo mejor que conozco” y llamó a su poema
con el bello y soberbio título de “La pura verdad”, el piberío de entonces supo
que ese era el espíritu de la revolución y que la muerte, en cambio, estaba
patentada por los enemigos del pueblo, los que torturaban, los que explotaban a
los trabajadores y esclavizaban a los peones rurales y prostituían
violentamente a las mujeres del pueblo.
Que lo sepan todos:
no tenemos nada que ver con la muerte y la despreciamos cuando llega así, tan
fugaz, tan de trampa y tan violenta. Por eso duele tanto. Por eso duele más.
Lo nuestro es la
vida, para siempre. No cualquier vida, que para eso ya están otros que lo hacen
mucho mejor.
Quizá por eso el
calendario y los huesos a veces empujan a sentarse en la plaza del barrio, pero
el corazón caliente siga afiliado a una gloriosa juventud que fue y será por
los siglos de los siglos.
Si hay algo para
legar, sin más pretensiones que transmitir una posta a los maravillosos pibes
que hoy son las mil flores, es justamente la voluntad y la alegría de vivir.
El militante es el
que se cuida a si mismo y al hacerlo, cuida a los demás; honra la vida por que
así honra a su pueblo.
Esta partida contra
las corporaciones, empezando por Clarín y sus patrullas perdidas, nos necesita
enteros para atravesarla.
Digámoslo con
Neruda: para nacer he nacido.
El Argentino,
miércoles 21 de diciembre de 2011
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